23/9/16

Capítulo 1: LA LLAMADA ("La duda de Laura")



Como te prometí la semana pasada, hoy te traigo el primer capítulo de "La duda de Laura". 

El viernes pasado, en el prólogo de este relato, la protagonista, sumida en un mar de dudas, decide escribir su historia, para tratar de poner orden y aclarar sus ideas. En el capítulo de hoy, empezaremos a leer qué tiene que contarnos Laura.

El texto que vas a leer forma parte de "La duda de Laura", un relato por entregas. Cada semana publicaré un nuevo episodio. Si no te quieres perder ninguno, te recomiendo que te suscribas al blog por correo electrónico, y recibirás todas las novedades en tu e-mail. De todas formas, puedes ver el listado completo de capítulos AQUÍ, por si te has perdido alguno.

Te dejo, a continuación, con el primer capítulo de "La duda de Laura".




Todo empezó con una llamada de teléfono.

Es curioso cómo, algunas veces, eventos cotidianos y aparentemente insignificantes, sirven de punto de partida para una cadena de acontecimientos que pueden llegar a trastocar el mundo.

Eso fue lo que ocurrió cuando recibí aquella llamada. Yo aún no lo sabía, pero a partir de ese momento todo mi universo iba a sufrir una fuerte sacudida, que dejaría mi vida patas arriba. Esa llamada fue el germen de todo lo que tenía que venir después. Si no hubiera recibido esa llamada, o si no hubiera cogido el teléfono, nada habría sucedido. Mi vida habría seguido igual que estaba. Si hubiera sido mejor o peor, no lo sé. Pero ya da igual, porque el caso es que sí me llamaron y sí contesté.

Y no fue una de esas llamadas que todos, aunque sea en el fondo, tememos recibir algún día. No, no era una llamada de malas noticias sobre alguien cercano. ¡Ni mucho menos!

Buscar trabajo sin éxito puede ser desesperante. Cuando terminé la carrera de enfermería, no me preocupé demasiado por no poder trabajar en lo que había estudiado. Es normal, me decía, prefieren a personas con más experiencia, ya llegará mi momento. Y, mientras tanto, iba alternando trabajos temporales de dependienta, o poniendo copas en discotecas, con sustituciones de las bolsas de empleo de distintos hospitales.

Ya llegará mi momento, me decía. Pero los años iban pasando y el momento nunca llegaba. Los años iban pasando y cada vez me costaba más encontrar trabajo en tiendas o en bares de copas… Y es que, a una mujer, en cuanto cumple los treinta, se le cierran las puertas de ciertos trabajos de manera fulminante. Buscamos a una chica más joven, me dijeron sin tapujos en la última entrevista a la que fui.

Los años iban pasando y yo no terminaba de encontrar un trabajo estable de enfermera. Los años de crisis económica y los consiguientes recortes en Sanidad no ayudaron nada, por supuesto. De pronto, me vi con treinta y cinco años, en el paro, llegando a fin de mes por los pelos con el sueldo de Roberto, sin hijos y atrapada por la costumbre en un matrimonio sin pasión.

Mi vida, a los treinta y cinco años, era cualquier cosa, menos algo remotamente parecido a lo que soñaba que sería cuando tenía veinte. Sí, había terminado mi carrera, pero ni había vivido una temporada en el extranjero, ni tenía independencia económica, ni tres maravillosos hijitos a los que leerles cuentos por las noches.

Ese plan de vida que me había marcado se había ido diluyendo día a día, paso a paso, casi sin que me diera cuenta. Me fui dejando llevar por la inercia de las circunstancias, sin luchar verdaderamente por mis sueños, hasta acabar sintiendo que mi vida no era una vida plena, sino que vivía a medias.

Conocí a Roberto en una de estas fiestas locas a las que vas cuando estás estudiando en la Universidad y empiezas a descubrir la libertad de ser adulto, sin las verdaderas responsabilidades que ello conlleva. Nos enamoramos locamente, vivíamos el uno para el otro, el resto del mundo no importaba, sólo nosotros.

Él, poco mayor que yo, acabó pronto la carrera de Historia y consiguió aprobar las oposiciones para profesor de secundaria. Trabajo fijo, todo un lujo en los tiempos que corren. No nos importaba demasiado que el sueldo no fuera una maravilla, porque pronto lo compensaríamos con el mío de enfermera.

En cuanto acabé yo mi carrera, nos casamos. Fue una boda sencilla, pero preciosa, ¡estábamos tan enamorados!

Comenzamos nuestro matrimonio en una nube de amor, felices, siempre con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios. Y nos buscábamos a todas horas, inflamados de pasión, por todos los rincones de nuestro pequeño apartamento. La vida por aquella época eran sábanas revueltas y desayunos de domingo en la cama.

No nos planteábamos tener hijos, por lo menos hasta que Roberto tuviera un destino definitivo, así que vivimos como nómadas durante varios años, cada curso en un lugar distinto, aplazando sueños y bebiéndonos nuestro amor a sorbos.

Cuando, ¡por fin!, Roberto consiguió una plaza fija en un buen instituto, yo acababa de cumplir treinta años y aún no tenía mi ansiada independencia económica. De hecho, cada vez dependía más y más de su sueldo. Y, como estábamos en los peores años de la crisis económica, por inercia o por comodidad, me dejé arrastrar por las circunstancias en lugar de remar en contra de la corriente. Pero las cosas nunca cambian solas y la técnica del avestruz (que mete la cabeza en un agujero, pensando que así se protege del peligro) rara vez da resultado.

Fue por aquella época cuando empezamos a intentar tener nuestro primer hijo, con mucha ilusión, ya que ambos ansiábamos ser padres. Pero los meses iban pasando y no sucedía nada. Estoy convencida de que esto fue lo que terminó de apagar la llama de nuestra pasión. Al principio no hubo ningún cambio en nuestra vida íntima, más allá de hacerlo sin protección, pero, como el embarazo no llegaba, comenzamos a probar diversos métodos (contar los días, determinadas posturas,...) que fueron restando espontaneidad a nuestros encuentros. Llegó un momento en el que sólo lo hacíamos para buscar el bebé, sólo teníamos eso en la cabeza mientras estábamos en la cama. Pero el bebé no llegaba. Y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, cada vez nos buscábamos menos.

Por supuesto, fuimos al médico, que nos recomendó acudir a una clínica de fertilidad. Pero no podíamos pagar el tratamiento. El sueldo de Roberto no daba para más. Así que la única opción era seguir intentándolo de manera natural, por si sucedía el milagro.

Pero el milagro no llegaba.

Y lo asumimos, como ya habíamos asumido tantas otras cosas en la vida, sin discutir, sin reprocharnos nada el uno al otro. Aunque, en realidad, ambos sabíamos que, si yo tuviera un sueldo, nuestro sueño de ser padres sería posible.

Pese a que nunca hablábamos de ello, esa certeza convivía con nosotros, enfriando nuestra relación, que ya había perdido la pasión, hasta que llegó un día en que llegamos a ser poco más que dos extraños compartiendo piso. El nosotros se convirtió primero en tú y yo… y después en tú aquí y yo allí. Las sonrisas y los ojos brillantes se habían convertido en miradas de tristeza y reproche, de conversaciones pendientes y decisiones aplazadas. Ya casi no sabíamos de qué hablar, y esquivábamos los incómodos silencios metiendo la nariz en un libro o encendiendo el televisor.

Así era mi vida cuando cumplí los treinta y cinco años. Y no me gustaba. Por eso, tomé una decisión por mi cuenta, sin consultar con Roberto (eso era algo que cada vez hacíamos más, tomar decisiones de manera individual, cuando antes siempre lo hablábamos todo): envié mi curriculum vitae a una agencia que se dedicaba a buscar enfermeras para trabajar en el Reino Unido. Yo sabía que en este país sí tenía muchas posibilidades de encontrar un buen trabajo, pero nunca lo había intentado por Roberto, por nosotros, por no separarnos. Pero el nosotros ya no existía, no era más que un espejismo de lo que fue, y yo necesitaba darle un cambio a mi vida, necesitaba tomar de una vez por todas las riendas de la misma y luchar por mis sueños.

Pasaron varios meses y no me llamaban. Buscarán a alguien más joven, o con más experiencia, me decía. Y poco a poco fui perdiendo la ilusión, como tantas veces me había pasado antes.

Pero un día sucedió.

Sonó mi teléfono. Número desconocido.

Y contesté:

- ¿Diga?

- Buenos días, ¿hablo con Laura Marín?

- Sí, soy yo. – En este punto, yo pensaba que me llamaban para venderme una conexión a internet a un precio increíble.

Pero no, no era una llamada de televenta. Me llamaban de la agencia de contratación, para decirme que cumplía el perfil para cubrir una vacante de enfermera. Querían, de todas formas, hacerme una entrevista en persona, en la que ya me comentarían las condiciones, así que concertamos una cita para el día siguiente.

¡No me lo podía creer!

¡Había pasado!

Me ofrecían el trabajo soñado… y mi libertad.

Sin embargo, aún tenía que decírselo a Roberto. A pesar de todo, no quería hacerle daño.

¿Cómo decírselo, pues?

¿Se lo diría? ¿O dejaría pasar esta oportunidad?

Y dándole vueltas en la cabeza a esto estaba yo, cuando Roberto llegó de trabajar.


http://carmenalcaide.blogspot.com.es/2016/09/prologo-duda-Laura.html

En el próximo capítulo, podrás saber cómo sigue la historia de Laura. ¿Aceptará el trabajo? ¿O no será capaz de decírselo a Roberto? 

¿Tú qué harías?

¡No te pierdas la próxima entrega de "La duda de Laura"! La publicaré, puntualmente, el viernes que viene en este blog. Si lo prefieres, puedes recibir todas las novedades en tu e-mail, suscribiéndote por correo electrónico (lo puedes hacer desde la barra lateral del blog).


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