30/9/16

Capítulo 2: SALTAR AL VACÍO ("La duda de Laura")


¡Por fin llegó el viernes! Así que por fin vuelvo por aquí, para traerte un nuevo capítulo de "La duda de Laura".

En el capítulo anterior, conocimos a la protagonista de esta historia. Laura vive atrapada en un matrimonio sin amor y una vida que no le gusta. Un día, recibe una oferta para trabajar en el extranjero. ¿La aceptará? ¿Será capaz de decírselo a Roberto, su marido?

El texto que vas a leer forma parte de "La duda de Laura", un relato por entregas. Cada semana publicaré un nuevo episodio. Si no te quieres perder ninguno, te recomiendo que te suscribas al blog por correo electrónico, y recibirás todas las novedades en tu e-mail. De todas formas, puedes ver el listado completo de capítulos AQUÍ, por si te has perdido alguno.



Decidí no contarle nada a Roberto hasta después de la entrevista.

Al día siguiente, fui a la cita que había concertado con la agencia de contratación. En realidad, la entrevista consistió en una charla distendida, en la que se veía a las claras que el objetivo era evaluar mi nivel de inglés y que yo no era una psicópata, ni nada por el estilo. Allí mismo, me confirmaron que, si lo quería, el trabajo era mío. En principio, se trataba de una sustitución para seis meses, con opciones de prorrogar el contrato si se daban las condiciones oportunas. Y si quedaban contentos con mi trabajo, aunque no pudiera seguir en ese puesto, contarían conmigo para futuras vacantes. Las condiciones económicas eran excelentes y, por supuesto, acepté.

Hablar con Roberto fue mucho más fácil de lo que creía, sobre todo porque le conté verdades a medias. Le hablé de los seis meses de contrato, y que con el dinero que iba a ganar podríamos empezar el tratamiento en la clínica de fertilidad. Creo que, en el fondo, la perspectiva de pasar un tiempo separados para él también supuso un alivio. Y, claro, siempre podría venir a verme en las vacaciones escolares. Así que no me puso pegas.

Lo que no le conté es que, para mí, el estar separados significaba hacer una pausa en nuestra relación. No le dije que necesitaba reflexionar sobre lo nuestro, sobre si quería seguir con él… o no. Le oculté que, en el fondo, deseaba que me renovaran el contrato pasados los seis meses. Y se lo oculté porque nunca había tenido el valor de transformar mis sentimientos en palabras. Nunca me había atrevido a confesarle lo vacía que me sentía, lo poco que me gustaba mi vida… Porque él era parte de mi vida, y no quería hacerle daño.

A veces, por no querer herir a otras personas, nos vamos hundiendo poco a poco en el oscuro pozo de la desdicha, hasta que, un buen día, nos encontramos en el fondo, sin saber cómo hemos llegado hasta allí ni cómo podemos salir. Miramos hacia arriba y vemos cómo brilla un trocito de cielo azul desde la boca del pozo, pero nos sentimos incapaces de alcanzarlo. Y lloramos, y nos lamentamos, y culpamos al mundo por nuestras desgracias, cuando, en realidad, los únicos responsables de estar allí somos nosotros, y tenemos en nuestras manos, en todo momento, la llave para salir del pozo.

Y yo ya había pasado demasiado tiempo en el fondo del pozo. Había llegado el momento de salir de allí. Necesitaba salir corriendo, en una huida hacia adelante, dando un salto al vacío, sin red ni paracaídas. Pasara lo que pasara.

Y jamás me arrepentiré de la decisión que tomé al aceptar ese trabajo de enfermera en el Reino Unido. Porque era lo que necesitaba en ese momento de mi vida.

Las dos semanas siguientes pasaron en un suspiro, entre los preparativos del viaje, las promesas de hablar todos los días, el convencernos el uno al otro de que seis meses pasan volando, y que las vacaciones de Semana Santa están a la vuelta de la esquina. Y que el sacrificio que vamos a hacer servirá para poder cumplir nuestro sueño de ser padres. Y junto a todo eso, como ya eran habituales entre nosotros, las miradas esquivas y las palabras no dichas, que intentaban torpemente ocultar la verdad que escondía este viaje: que se trataba de un tiempo de reflexión, para ambos, y que no había garantías de que nuestro matrimonio superase la prueba.

La tarde anterior al viaje, comprobé que llevaba en la maleta todo lo que necesitaba, que tenía los billetes, la batería del teléfono móvil totalmente cargada (con el cargador en el equipaje de mano, por supuesto),… Tuve después una larga conversación por teléfono con mis padres, tratando de consolar a mi madre, que no paraba de llorar porque su hija se iba sola por esos mundos de Dios y a ver qué le iba a pasar por ahí, que hay gente muy mala, hija mía, muy mala, pero tú no lo sabes.

Para despejarme un poco, salí a dar un paseo, y me encontré con una amiga, a la que hacía tiempo que no veía. Nos tomamos un café, para ponernos al día de nuestras vidas y cotillear un poquito. El café se alargó más de lo que había previsto, y llegué a casa casi a la hora de cenar.

Roberto me recibió con una de sus miradas de reproche, por no haber pasado esa última tarde juntos. Pero, como era costumbre en él, no dijo ni una sola palabra. En ese momento, yo casi hubiera deseado que me gritara, que me arrojara a la cara sus sentimientos y acabar teniendo esa gran pelea que nunca habíamos tenido. Pero no, ninguno de los dos dijo nada.

Cenamos, casi en silencio, comentando trivialidades, callando sentimientos.

Después, casi como un trámite, pasamos al dormitorio. Era la última noche que íbamos a estar juntos en un tiempo, así que lo correcto y adecuado era tener sexo. Es lo que se espera de un matrimonio normal, ¿no?

Pero claro, nuestro matrimonio hacía tiempo que había dejado de ser “normal”. De hecho, ni me acordaba de la última vez que nos habíamos acostado. ¿Hacía un mes? ¿Tres meses? ¡Qué más da! Nuestros encuentros se habían vuelto torpes e insatisfactorios, así que mejor olvidarlos.

Y esa noche no fue distinta. Nos desnudamos sin ganas, nos abrazamos sin pasión, me penetró sin preliminares y, tras varias embestidas torpes, él llegó al clímax y yo me quedé igual que estaba antes, con una sensación de vacío y frustración tal que me iba a reventar el pecho. Como siempre, él murmuró una disculpa, yo le dije que no pasaba nada y nos dormimos, juntos en la misma cama, pero separados por un abismo que crecía cada día más.

¡Qué lejos me parecían aquellos días en los que pasábamos horas explorando la geografía de nuestros cuerpos, buscando mil y una formas nuevas de darnos placer el uno al otro! ¿Dónde estaba aquel Roberto que me volvía loca en la cama? ¿Y dónde estaba aquella Laura que le hacía a él volverse loco de pasión?

El despertador sonó muy temprano: mi avión salía pronto. Roberto me llevó en coche hasta el aeropuerto y, tras facturar mi maleta, nos despedimos junto a la zona de embarque con un leve beso en los labios y un llámame cuando llegues.

Pasé el control de seguridad sintiendo su mirada triste clavada en mí. Cuando recogí todas mis cosas, le dije adiós con la mano y me encaminé hacia mi puerta de embarque, sin volver la vista atrás.

Por primera vez en muchos años, sentía que caminaba sola por el mundo. Pero no me daba miedo, todo lo contrario. Estaba lista para tomar de una vez por todas las riendas de mi destino. Estaba lista para saltar al vacío y darle a mi vida el cambio que necesitaba.



Laura deja atrás esa vida gris en la que se había acomodado y parte a enfrentarse con su destino. ¿Qué ocurrirá a partir de ahora?

La semana que viene, podrás leer el nuevo capítulo de "La duda de Laura".

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